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REFLEXIONES SOBRE UN VIAJE



Hace unos días estuve visitando la zona de bahía Málaga en nuestro pacifico colombiano y he regresado a la sabana, al frío, a la “gran ciudad” con sensaciones que por lo contradictorias que son, me dejan parada entre la alegría y la congoja, algo desesperanzada y sin saber muy bien que hacer más allá de mi pequeño entorno. Llegar al pacífico colombiano es una experiencia única. Hace cuatro años visité la zona con mis hijos y vivimos momentos que aún recordamos con inmenso cariño y gratitud. La belleza del paisaje no tiene igual, la exuberancia de todo lo que ahí se encuentra roba el aliento de quienes vamos como turistas a un sitio olvidado de la mano del hombre, pero lleno de la gracia divina. Sin embargo, es difícil pasar de largo y no pensar en las vicisitudes y calamidades históricas que han debido enfrentar desde siempre quienes ahí habitan. La pobreza, el abandono del estado y la corrupción son el pan de cada día. Las personas que viven en esta región, por demás extensa y salvaje, son realmente resilientes y poderosos en todo el sentido de la palabra.

Hace cuatro años, como contaba, viví junto a mis hijos una experiencia inolvidable que esperaba repetir en esta ocasión. En esa época la afluencia de turistas era moderada, así como las posibilidades de ir en un plan que no fuera exploratorio y hasta de observación de la naturaleza y de las costumbres maravillosas de las culturas de quienes habitan el lugar. Este era un plan mochilero, a secas. Disfrutar del clima agreste pero increíblemente dadivoso, de unas playas ariscas, pero siempre sorprendentes, de riscos, cuevas, manglares, ríos, cascadas, animales… una inmensidad imposible de describir, fue un momento de la vida que agradezco infinitamente. Hoy, a tan solo unos días de mi nueva visita, me quedo sin palabras ante la agresividad del ser humano, del ser predador que llevamos dentro y de la poca consciencia y compasión que logramos tener, demostrar y transmitir. Todo ha cambiado. La capacidad hotelera ha crecido por cuenta de la comunidad y de algunos foráneos que han visto la posibilidad de encontrar medios de subsistencia, escasos, muy escasos en la zona, gracias a la nueva ola del “ecoturismo” del que, realmente, aún sabemos muy poco. Hordas de personas llegan por estas fechas de temporada de ballenas, al muelle de Juanchaco. Hordas de turistas que agotan los recursos de un lugar que debería estar protegido y delimitado, dado su riqueza medioambiental, o por lo menos en el que tendría que hacer presencia un estado vivo, certero y proactivo que regule y guíe el modo en el que la comunidad afronta este nuevo renglón de generación de ingresos. Es una pena que no haya apoyo para la comunidad que por demás vive en una pugna perpetua por ver quien se lleva la mejor tajada. ¿Indolentes? Sí y no. ¿Solos? Sí. Nadie les ha ayudado, preparado o acompañado en el proceso de explotar una tierra casi virgen para un turismo que viaja con la esperanza de… ver ballenas, sí, pero también de fiesta y consumo desaforado al ritmo de un reguetón en las noches de Viche y Tumbacatre. Esta es una comunidad que necesita salir adelante y que ha subsistido, repito, aún por encima del abandono estatal y que en este círculo vicioso sin recursos estables, sin agua potable, sin carreteras, sin buena educación, no ha dimensionado el paupérrimo futuro que les espera, si acaban con la majestuosidad de un paraíso que merece un mejor destino que el de la explotación salvaje del llamado turismo sostenible que, por lo pronto, ahí ni sostiene ,ni protege, y que a todos, en general, nos lleva a la pobreza ecológica, a la degradación del planeta. Los turistas por su parte se quejan porque les parece que hay basura en las playas, por todas partes, que todo luce mal, pero no hacen la tarea, por ejemplo, de guardar sus propios desechos para botarlos en el lugar en que se hospedan, de reducir su huella ecológica, entran a los manglares en lanchas a motor en lugar de chalupas y poco les concierne, hacen tanto ruido que la fauna se ha espantado y aún peor algunos se llevan animales silvestres consigo y otros más, como yo, vamos a ver ballenas. ¡Sí! Lo digo con tristeza. Hace cuatro años hice el avistamiento de ballenas con un respeto inmenso por estos animales que me impartió, en principio, el lanchero desde que salimos a mar abierto. Cuando llegamos al lugar permitido, solo acercándonos lo necesario, el hombre paró el motor y entonces, esperamos con paciencia a que ellas hicieran su aparición, donde y como quisieran. Esta vez la persona que nos acompañó ansiosa por cumplir el deseo de los turistas nos llevó muy cerca de las ballenas, a mi juicio perturbando un espacio sagrado en el que la madre y la cría nadan juntas, mientras él las perseguía tan pronto percibía su presencia. No es su culpa. Esto es lo que el visitante quiere, lo que pide, por lo que paga: una experiencia no de observación o de admiración, sino una experiencia “fuerte” que no logra comprender que visitamos la sala cuna de una magnífica especie, que no nos pertenece, y que con enorme generosidad delante de nuestra insoportable fragilidad frente a su tamaño y belleza, nos permite maravillarnos con su presencia.

Confesaba al inicio de estas líneas que me he quedado entre la agonía, la alegría, la desesperanza y el no saber que hacer. Por supuesto lloré de regreso a casa. Lloré por mí, por el planeta, por nuestra especie, porque a fin de cuentas si acabamos lo que hoy hay, es cierto que la vida continuará y que llegarán otras especies y que la tierra volverá a poblarse como ya lo ha hecho antes, no somos necesarios, ni únicos, pero la belleza de lo que ahora tenemos tal como lo conocemos es ante mis ojos, y ante los años de vida que me quedan, irrepetibles. Estando ya en Bogotá, decidí plantearme con más firmeza que nunca mi posición frente al consumo inconsciente del que tantas veces somos presa. Entiendo que todo lo que aquí uso y no reciclo llega como basura a las playas del mundo entero y que por tanto la responsabilidad es de todos. De las comunidades costeras, de los turistas y de aquellos que pensamos que por vivir a kilómetros de distancia de un lugar en el que la selva se une con el mar, nada de lo que hacemos afecta. Sí, si afecta. Cada decisión de consumo que tomo desde aquí se ve reflejada allá. Somos un inmenso océano de interconexiones, una telaraña de vida de la que no podemos escondernos. Lo que hoy hago aquí palpita al otro lado del mundo. La vida, siempre más poderosa y sabia nos enseña la lección todos los días y por ella vale la pena comenzar a dar el paso del cambio, vale la pena para que los micos vuelvan a salir a las ramas de los árboles del manglar, para que los cangrejos de mil colores se despierten y salgan a caminar cuando termina la lluvia, para que nosotros y quienes están lejos puedan pensar en un futuro como especie, para que los años venideros no se conviertan en el cataclismo del que hoy nos hablan los jóvenes de todo el mundo.

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